La solidaridad le corre por las venas a Daniela Velázquez. Tiene 21 años y es jujeña de nacimiento, pero tucumana por adopción. En poco más de un año ya fue tres veces a donar sangre. Lo ha convertido en un hábito que repite cada seis meses. ¿Por qué lo hace? “Porque siempre hay alguien que necesita. Empecé a donar porque me enojé ante esta situación: un día mi tía se enfermó y buscábamos ayuda. Era desesperante; nadie respondía. Los amigos me decían que se reservaban por si algún familiar de ellos se accidentaba. Es un argumento muy egoísta”, dice la joven estudiante de Artes Plásticas en la UNT.

Después de ese episodio, Daniela se sumó a un grupo de WhatsApp para donar cada vez que alguien lo necesite. “Como soy pequeña me dicen que me voy a desangrar. Nada que ver, ni me descompenso. Siempre que voy me tratan bien. Es algo en lo que demoro 20 minutos. Y después me queda una sensación reconfortante”, dice.

En general, al tucumano le cuesta mucho donar sangre en forma voluntaria. Según los datos del Banco de Sangre, el 80% de los que se ofrecen para una extracción lo hace por ayuda a un familiar. Sólo un 20% acude en forma espontánea.